Jovencitas histéricas.
Rimmel corrido. Pantalones ausentes. Ropa interior que sale a la luz.
Gritos que se mezclan con risas.
¡Polleras! ¡Queremos polleras!, cantan mientras narran sus escasas experiencias sexuales, que tienen mitad de invento, mitad de vida real.
Y vuelven a
reír.
Algunos intentan callarlas, pero son invencibles. El ejército de las polleras no se rinde
fácilmente, y continúa con su ritual.
Sacan artefactos
electrónicos y revisan sus mensajes una y otra vez. Se miran cómplices de una frivolidad inexplicable. Pero no dejan nada implícito, les gusta hablar el idioma animal.
Y sus gritos ya me llegan como música. Sus
chillidos acarician mis
oídos.
Y la abeja reina me da una indicación.
-Hacés la
petición?, pregunta.
Comprendo sus palabras
cavernícolas. Abandono la
posición erguida, mientras mis brazos se balancean, tomando una pluma sobre el papel. Y ella me detiene al tiempo que interrogan sus ojos artificialmente aturquesados:
-Comandante simio, lapicera con brillo...puede ser?
(Penny, vos sos la única que podría llegar a entenderlo.)