jueves, 21 de agosto de 2008

lugar

El día del alta es el más feliz para los pacientes del policlínico de Lavalle. O tal vez debería decir para los parientes de los pacientes, que ya amanecen con las marcas de los asientos en sus caras, que ya han conocido a todos los médicos y enfermeros por haber, y que han visto pasar camillas llenas y regresar vacías, hasta el cansancio.

Esto es cierto, o casi cierto, si posamos nuestro ojos en la habitación 404 del cuarto piso, donde se aloja Beatriz Fonti. Yo me encuentro allí hace diez días, y mi única dolencia es la de la espera. Aunque por cierto, se acostumbra uno a ver los amaneceres detrás de esas cortinas grises, y a burlarse de los horarios de visita.

Tengo una confesión que hacer. Alrededor del quinto día de permanencia, me invadió la sospecha de ser filmado durante la estadía. No podría precisar como ni con que propósito, pero aquel espectáculo montado allí rozaba la irrealidad. Fue por esto que el día que el hombre de guardapolvo blanco eligió pronunciar las palabras "tiene el alta", en mi cara no pudo mas que dibujarse una mueca de difícil interpretación. Y mas aun, si yo mismo hubiera tenido un espejo en aquel momento, me hubiese resultado desagradable aquella insensibilidad que emanaba de mi cara.

Pero procediendo mecánicamente, tome las cosas que ya se habían apoderado del espacio con ambición, y procedí a acompañar a Beatriz hasta el vestíbulo.

Aquello había terminado, y no teníamos razón para quedarnos, o mas precisamente no deseábamos quedarnos. O mas precisamente aun, no deseábamos desear quedarnos. Y aquel cuarto pequeño nuestro, sería ahora esterilizado, limpiado obsesivamente, hasta desaparecer cualquier rastro delator de pasado. Y cuánto tiempo pasaría vacío, aquel cuarto, esperando absorber un poco de humanidad.

Pero eso resultaba ya ajeno, y quedaba atrás como el ascensor de acero por el que descendíamos, y al que no volveríamos jamás.

Habiendo pasado tres semanas de todo aquello. La vida hogareña se reconstruía y organizaba, como si hubiera estado en la espera de su protagonismo, y yo me acoplaba a ella con naturalidad, aun cuando ésta me hiciera a un lado.

Fue un pequeño error (o no tanto para el escéptico lector) el que desencadenó en mi un extraño temor. Un jueves lluvioso, me encontré a mi mismo dentro de la habitación 404. Fue mas bien cuando mis piernas se desviaron, y tomaron con decisión Ayacucho, cuando comprendí que no había razón para realizar esa travesía urbana.

Pero me interesa más posarme en el momento en que empujé con cuidado la puerta que tanto otras veces había abierto sin temor a ser reprendido.

Y lo que allí dentro me encontré, fue algo que mis ojos de alguna manera estaban esperando, y del cual mis piernas eran indudablemente cómplices.

Allí estaba Beatriz Fonti, o su doble, o una replica exacta de ella misma, recostada con su cara a un lado de la almohada.

Y mi cuerpo fue empujado desde atrás, hacia la figura que yacía recostada, desentendiéndose de lo imposible de esa situación. Pues Beatriz se encontraba claramente en su casa, en el aposento que por ley le pertenecía, y sin embargo estaba también allí, o nunca se había ido.

Y yo tuve que acercarme, para comprobar que efectivamente se trataba de ella. Y la calma se extendió como morfina por mi cuerpo, adormeciendo mis extremidades.

Acerqué una silla a la ventana, y me pareció que conservaba aun mi forma. Mi mirada se perdió en la cortina grisácea. Estaba amaneciendo.

1 comentario:

angie dijo...

Compañera de momentos anti barilochenses... no suelo leer los post largos de la gente.. por vagancia o por subestimar lo que dicen.. si, soy asi de simpatica.
esta genial y no lo subestimo para nada,.